La forma en que hablas de ti misma repercute en la forma en que las personas que te quieren construyen su autoimagen…

Les dejo un fragmento de la Biografía de Autoestima de una paciente y un video que explica perfectamente lo que podrán leer en la historia de Camila…

33 años.

“Mi mamá siempre se ha visto de forma distorsionada. Ella siempre ha creído que es gorda, y si bien reconoce que tiene una linda cara, no le gusta su cuerpo. Siempre se lo tapa, especialmente hace todo por cubrir sus senos que son muy pronunciados y nunca le han gustado.

El tema de la gordura ha sido un rollo en mi casa toda la vida. Yo desde pequeña he tenido un gusto enorme por la comida, cosa que preocupó a mi mamá al punto de que me llevó al médico cuando yo tenía cerca de dos años porque “yo comía mucho”. Mi mamá controlaba siempre lo que yo comía diciéndome que engordaría. En sus episodios más crueles llegó a decirme que si seguía comiendo sería tan gorda como una compañera de curso que todos reconocíamos que era gorda. Por lo mismo, aunque yo veo en mis fotos que era una niña normal, siempre creí que era gorda. También pensaba que era fea y poco femenina y en eso creo que mi mamá y mi papa fueron los grandes culpables. Yo odiaba mi pelo crespo, que más encima gran parte de mi infancia fue corto: como un “Jackson five”. Yo lloraba y le preguntaba a mi mamá porque diosito me había hecho con rulos. Todas las navidades pedía al viejito pascuero que me regalara un pelo largo y liso. Mi imagen de una niña linda y femenina era la de alguien delgada, con el pelo largo y liso como una tabla. Mi mamá odiaba mi pelo, lavarme el pelo era un gran sacrificio para ella y reclamaba siempre que tenía que peinarme. Siempre quería cortarme el pelo, pero algunas de mis tías que encontraban que mi pelo era hermoso, no la dejaban. Sin embargo la ocasión propicia llegó cuando descubrió que mi hermana y yo teníamos piojos. A pesar de nuestros llantos y súplicas, agarró una tijera y nos cortó el pelo tan corto, que parecíamos dos niñitos. Mi papá también odiaba mi pelo. Odiaba que siempre anduviera chascona. Tenía un set de sobrenombres para mí, los que más recuerdo eran: “cabeza de achicoria” y “cabeza de huaipe”. Una vez, después de todos los años que costó que mi pelo creciera de manera que pudiera hacerme un moño decente, él insistió tanto con mi mamá para que me cortaran el pelo, que mi mamá me llevó por fin a la peluquería. Mi mamá le pidió a la peluquera, que era su amiga, que me cortara la parte de la corona, para que no me caigan las chascas sobre la cara. Yo recuerdo mi imagen frente al espejo, llorando y rogándole que no me lo corte, mientras caían esos rulos largos que había costado tanto que crecieran. El corte fue peor que el de “Jackson five” que mi mamá me había hecho antes, pues parecía un verdadero poodle. Al resto de los niños tampoco les gustaba mi pelo. Muchas veces en la escuela me gritaron “Valderrama”, por el jugador colombiano de frondosa cabellera, o “Pancho Puelma”, un cantante ochentero que también tenía una buena melena. Mientras crecía buscaba distintas formas para lidiar con mi pelo. Lo trenzaba, dormía con gorro para que se aplastara, e incluso llegué a planchármelo con una plancha de ropa. Entre los 10 y los 12 años me planchaba solo la chasquilla, pero con la lluvia del sur ya en la esquina volvían esos infernales rulos a poblar mi cabeza”.