Aquí un lindo testimonio de una maravillosa Mujer, gracias por tu confianza y entrega, me hizo feliz leer esto. Como les comenté en la última sesión, siempre estaré para cuando me necesiten.

“El vaginismo como aprendizaje: Así he definido desde hace cinco años esta experiencia, porque, pese a que condicionó mi vida sexual durante mucho tiempo, me obligó a indagar en mis propios miedos, inseguridades y fortalezas.

Sin embargo, al principio, a mis 19 años, cuando me enteré que la extraña imposibilidad de penetración tenía un nombre y dedicaba tardes enteras a leer en internet toda la información que encontraba, se me hacía casi imposible considerar lógico que esto me sucediera a mí. Erróneamente, en muchos documentos se describían a las mujeres con vaginismo, como mujeres sacadas de la edad media: autoritarias, rígidas, controladoras, estrictamente religiosas o con un pensamiento negativo sobre los hombres; o bien, mujeres que habían vivido experiencias sexuales traumáticas. Yo consideraba que no encajaba en ninguna categoría y por lo tanto, se me hacía incomprensible e injusto tener que pasar por ello. No entendía por qué mi propio cuerpo me jugaba una mala pasada, cuando en mi mente existía la voluntad de hacerlo. Recuerdo que muchas veces pensaba, “¡Por qué si tengo una relación sana, madura y amorosa no puedo tener sexo!” y comparaba con tantas otras parejas con relaciones tormentosas que sí lo lograban, o incluso cuando ya empecé a trabajar, con los propios alumnos de mi colegio que a los 15 años parecían tener una vida sexual mucho mejor que la mía.

Otras veces en esas mismas búsquedas, leía desalentadores testimonios de mujeres mayores que llevaban décadas con vaginismo, mujeres casadas, incluso con hijos, que jamás habían logrado tener una vida sexual satisfactoria, pero que estaban resignadas a vivir de ese modo. Recuerdo haber visto un dato que decía que las pacientes con vaginismo solían demorarse 5 años en consultar por primera vez a un especialista por miedo o vergüenza. Entonces, decidí tomar un rol proactivo y no dejar pasar más tiempo, porque ya llevaba un par de meses así. Sin embargo, la primera vez que le conté a una ginecóloga lo que me pasaba, recibí como respuesta “pero si esto duele, tú no tienes nada”. Esas palabras fueron duras, porque cerraba la posibilidad de encontrar soluciones, pero no me quedé tranquila y junto a mi pololo planeamos viajar a Santiago a buscar un diagnóstico al lugar adecuado. El viaje fue complicado, porque nadie en mi familia sabía a lo que iba, además, éramos universitarios y no teníamos cómo costear los gastos que implicaba un posible tratamiento. Así que, simplemente, fuimos a corroborar que era vaginismo y ver si nos podían ayudar.

En esa consulta, me derivaron a una kinesióloga que no tenía la experiencia en vaginismo, pero que podía hacer aquí en mi ciudad un tratamiento que me ayudara. Ese primer tratamiento para mí fue un fracaso: era demasiado doloroso, costoso y no notaba resultados, al contrario, muchas veces sentía que retrocedía. Lo dejé porque no me hacía sentir bien ni física ni emocionalmente, sentía que la posibilidad de solución otra vez estaba muy lejos de llegar.

En los meses y años posteriores a ese primer tratamiento fallido, le siguieron varios otros más, tanto físicos como psicológicos, y todos tuvieron el mismo resultado: en algún punto los deseché.

Mi ánimo fluctuaba, había períodos en que tenía gran motivación por buscar soluciones y otros en que veía el vaginismo como una carga muy pesada. Sabía que la única que podía cambiar la situación era yo, haciendo una tarea que en el fondo no quería hacer, porque tenía claro que iba a implicar un sacrificio físico de enfrentar el dolor y sobre todo, emocional porque era evidente que el problema estaba arraigado en mi mente. ¡Había tanto que desenmarañar en mi cabeza!, pero no sabía por dónde empezar.

Cada nuevo intento de tratamiento surgió después de un momento de crisis en la relación, porque mi pololo notaba mi poca motivación y deseaba que yo lograra vencer esto por y para mí. Tras cada intento frustrado de penetración, nos sentíamos tristes y agobiados, sentíamos que entre nosotros todo funcionaba bien excepto esto, pero ninguno lo decía, lo vivíamos en silencio, llorábamos o nos enojábamos, hasta que la aparición de una nueva posibilidad nos volvía a recargar de esperanza.

Debo reconocer, que de cada uno de los tratamientos que hice pude lograr un aprendizaje, aunque en ese momento no lo notaba de manera inmediata. Hice un tratamiento con dilatadores yo sola en mi casa, al mismo tiempo que participaba de un foro donde conocí a muchas mujeres en todo el mundo. Me animaba saber que esas mujeres eran reales, y que no eran las que se describían en internet, que tenían ciertos conflictos emocionales como todos, pero que eran tan comunes como yo, y que vivían en silencio lo mismo, varias de ellas solas porque sus parejas se habían cansado de esperar, otras, soportando la presión social porque estaban embarazadas y sus cercanos les decían que ya era tiempo de tener hijos.

En mi mejor momento logré entusiasmarme tanto con el tratamiento que logré tener dos veces una penetración. Pero con el tiempo, dejé de hacer los ejercicios y caí en el mismo desánimo de antes. Decidí entonces buscar apoyo psicológico porque en mi interior, sabía que ese era el foco.

Me hice hipnosis, sanaciones, tomé flores de bach, psicoterapia, un sinfín de cosas que no desmerezco porque me permitieron reconocer que el miedo era una constante en mi vida y que mi autoexigencia me llevaba a querer siempre tener el control de todas las situaciones -en el fondo sí era una de “las mujeres con vaginismo según internet”, pero no como la caricatura que se había formado en mi cabeza.- Además, pude soltar vivencias de mi pasado familiar y entender que nada de lo que había vivido me determinaba como persona, tenía y tengo la posibilidad de seguir cambiando.

Pero pese a todo lo aprendido, seguía teniendo problemas con mi pareja y seguía siendo incapaz de conseguir una penetración, sumado a que cada vez el sexo me provocaba más rechazo, estaba siempre a la defensiva ante el mínimo acercamiento y en ocasiones pensaba que “podía vivir perfectamente así el resto de mi vida”.

Recordé entonces el tratamiento que no había podido hacer en Santiago, y me decidí a hacer el último intento. Esta vez busqué un nuevo lugar, sentía que tenía que empezar de cero. Ahora sí tenía las herramientas necesarias no sólo para costear el tratamiento sino para enfrentarlo, además sentía que era una posibilidad muy cercana a lograrlo.

Desde el momento en que llegué a la consulta, supe que estaba en el lugar adecuado. Recuerdo que me llamó la atención ver a varias mujeres jóvenes, que si me las hubiera encontrado en la calle no habría tenido idea que tenían vaginismo u otra disfunción sexual. Me aliviaba ver caras, ya no me sentía “bicho raro” viendo a mujeres lindas, resueltas, reales, que tal vez habían vivido lo mismo que yo. Al mismo tiempo, me sorprendía constatar que somos muchas más de las que creí y sin contar, aquellas que siguen sin hacer un tratamiento.

El proceso de tratamiento con la Kinesióloga fue intenso, pero me lo tomé muy en serio. Por primera vez me sentí motivada y empecinada en lograr algo, yo que por lo general suelo dejar abandonados los proyectos a mitad de camino. Además de mi motivación, la rigurosidad del tratamiento kinésico y empatía de la Kine fueron claves para seguir. Noté rápidamente avances y me parecía casi mágico cómo día tras día avanzaba tanto, de un dilatador a otro, de un ejercicio a otro.

Paralelamente, trabajé con Nerea en el área que más me interesaba. Como una vez ya había logrado la penetración, sabía que la parte física podía responder bien con el tratamiento adecuado, pero mi gran piedra de tope había sido mi propia mentalidad: el miedo, la inseguridad… El soltar los músculos requería primero soltar mis pautas mentales erradas.

Gracias a su gran carisma y conocimiento, me ayudó a entender que soy capaz de apropiarme de mi vida sexual y que podía erradicar las creencias que tantos años de vaginismo me habían hecho pensar como una verdad, que no sentir deseo era casi parte de mi personalidad. Y lo más significativo de todo, en nuestra última sesión, mi pololo y yo logramos comunicar gran parte de las cosas que habíamos guardado todo este tiempo. Recuerdo previamente haber estado nerviosa por cómo iba a resultar, temía que no nos sintiéramos cómodos o no pudiésemos hablar, pero al final, esa sesión juntos significó un motivo más para reafirmar nuestra relación, salimos tan renovados y felices que él mismo me dijo riéndose “Deberíamos venir más seguido donde la Nerea”.

Finalmente, en diez días logré lo que en cinco años no había podido: vencer el vaginismo física y psicológicamente. Y para mí, vencer el vaginismo significó mucho más que lograr una penetración, significó un cambio de actitud, de abrirme a la posibilidad de descubrir mi propia sexualidad desde otra perspectiva, pero además, la tremenda satisfacción de haberlo logrado me hizo sentir inspirada a alcanzar nuevas metas en mi vida personal, a conectarme con mi propia energía e ímpetu como nunca antes lo sentí.

Así que, hoy puedo decir ¡Gracias vaginismo! Sin ti no hubiese obtenido esa maravillosa recompensa al final del camino.”

Pd. Gracias Nere 😉 no sólo por tu ayuda profesional sino porque con la energía que irradias y tu fuerza femenina me inspiraste de algún modo. Un abrazo grande!.

© 2019 Nerea de Ugarte López